Los cuidados de cada día

Re-pensar el Cuidado de las personas y sus entornos, constituye un aspecto clave para la continuidad de la existencia de la humanidad e incluso del planeta. La presencia de violencias es una negación de aquello, y por ello es sustancial contar con los cuidados requeridos en nuestros cursos de vida, desde el nacimiento hasta la vejez, de modo de lograr nuestro desarrollo humano, y eso día a día, como una práctica de vida que nos permita existir y contribuir a nuestras sociedades.

El cuidado puede ser definido como el “conjunto de actividades y el uso de recursos para lograr que la vida de cada persona, esté basada en la vigencia de sus derechos humanos” (OMS) tales como desarrollo, participación, y no ser sometido a malos tratos, crueles, inhumanos o degradantes.

Necesitamos entonces otra organización social, económica y cultural que sostenga a cada une de sus integrantes y les permita el bienestar en todo su ciclo vital y sus contextos, desde la perspectiva de las responsabilidades compartidas, de valoración de espacios públicos y privados, para cuidado de las personas, las aristas de proyectos societales comunes.

Prevenir efectos de las violencias

Minimizar, frenar, prevenir en nuestras vidas los efectos de las violencias concebidos como des-cuidos, ya sean  violencias activas o por omisión. Es decir, los maltratos, los abusos, las negligencias que ocurren a diario, en los distintos ámbitos en que se vivencian -en las familias, las escuelas, los contextos laborales, las institucionales, en las redes sociales- y en distintos niveles socio-económicos, no como eventos aislados, sino como experiencias permanentes. Y como patrones de conducta intergeneracionales que hay que modificar.

Existen consecuencias vitales en personas víctimas de cualquier violencia (con su carga de dolor, de traumas, de enfermedades físicas, de problemas psicosomáticos, de salud mental)  e incluso de los efectos en cómo se vinculan con otres. Como definen sus proyectos de vida, dados los patrones internalizados de maltratos y abusos, lo que requiere además muchos recursos de atención para remediarlas y transformarlas.

Tenemos derecho a vivir vidas libres de violencias y a convertir el cuidado en una amable realidad para cada persona, esté en su niñez, en su adolescencia, en su adultez o en su vejez.

Los cuidados en las etapas de la vida

Considerando el paradigma de los cuidados hay tareas de cada etapa de vida, mirados desde la psicología, que nos invitan y nos comprometen a proveer de todo lo que esté a nuestro alcance, para que se cumplan satisfactoriamente esas tareas. Más aún, desde una óptica ecológica, el desarrollo humano se sustenta en una progresiva acomodación mutua entre una persona que está en proceso de desarrollo y sus entornos dinámicos, entre sus sistemas más personales, más próximos y sus contextos, de lo micro a lo macrosocial, así las redes de cuidados cruzan esos subsistemas en que nos insertamos y sus dinámicas.

Así por ejemplo, en la lactancia y en primera infancia satisfacer las  necesidades emocionales y físicas de les niñxs es de la mayor relevancia; ello a través de vínculos significativos de sus adultos de referencia (con aceptación, ternura, buen trato) y en cuestiones tan claves como estimular los juegos propios de esas edades, sus recreaciones y con respeto  a ritmos y estilos de cada niñx. Sin descuidar, pensando en el contexto afectivo, red afectiva de lxs niñxs, el dar soportes a las díadas madre-niñx, de modo que las madres/cuidadoras principales también sean cuidadas en el proceso de maternaje. Este conjunto de aspectos va a proporcionar los nutrientes para lograr la confianza básica en el mundo, con experiencias de apego seguro, elemento clave para posteriores etapas.

En la edad escolar es necesario acompañar los procesos de socialización- de entrada a las “escuelas”- y ejecución de prácticas educativas que permitan el desarrollo de habilidades y competencias y vivencia de experiencias de cada niñx acorde a sus características: de desarrollo de nexos con pares respetuosos y con grados crecientes de autonomía; rol importante en estos años lo constituye los “métodos de crianza y los métodos de disciplina” aplicados por madres/padres/cuidadorxs, que pueden posibilitar niñxs segurxs o niñxs disminuidxs. Se requieren parentalidades positivas y éstas se pueden fomentar cotidianamente.

En la adolescencia, en tanto, es ineludible guiar y acompañar a niñes para que puedan vivir de la mejor manera sus transiciones, sus profundos cambios corporales/sexuales, sus definiciones de sí mismes, de sus identidades (a veces fluidas y cambiantes, para desesperación de sus familias),  sus hábitos y sus rutinas, sus amistades, sus opciones vitales y sus planes de vida temporales,  muchas de las cuales se concretan en la etapa siguiente, la de fase de juventudes, por el tipo de  formaciones ocupacionales elegidas, las vidas sociales que desarrollan, las opciones políticas y/o filosóficas que adoptan y practican, sus lugares en el mundo.  

Un eje a considerar que cruza muchas dinámicas relacionales en el curso de nuestras historias de vida es la referida a la resolución de los conflictos, que se liga con los ejercicios de poderes en nuestras relaciones, con varias posibilidades: Confronto y agredo psicológicamente, niego derechos de expresión y disensos, me callo y me repliego, amenazo y golpeo, complazco para evitar gritos, impongo mi “autoridad” y someto; seduzco para conseguir mi propósito. O diálogo en busca de solución satisfactoria para todes; cada quien aporta alternativas y nadie pierde en el conflicto, compartimos tareas y responsabilidades, que vamos ajustando. Todo esto dependiendo de mi edad, mi sexo, mis roles, el estatus social que se me asigna.

Retomando lo de las tareas de cada fase de vida, se postula que en la adultez temprana, se espera que haya ejecución de “carreras profesionales u oficios”, de constitución de familias o de solterías, de concreción de proyectos vitales, de inserción en distintos contextos; en la adultez intermedia con desafíos tales como Incrementar la productividad y desarrollo de la consolidación socio económica; reexaminar las elecciones tempranas de la vida (compañerx, profesión/oficio, hijxs y reelaboración de motivos anteriores; identidad, intimidad. Modificar la estructura de la vida a la luz de los cambios en la familia y responsabilidad en el trabajo y finalmente  en la  vejez -en a lo menos dos décadas- afrontar procesos de jubilación, de cambio de roles, y con la propuesta de envejecimiento activo para vivir bien y alcanzar los propósitos de una gerotrascendencia.

La gestión del propio desarrollo

Las personas construyen su propio curso de vida a través de la toma de decisiones y las opciones disponibles, ya sean oportunidades y restricciones impuestas por el contexto en que les toca vivir; a lxs niñxs y jóvenes hay que acompañarles en ésto. Dentro de un marco normativo dado (construido y socializado), existen márgenes en los cuales una persona se mueve, asumiendo una creciente autonomía y responsabilidad por sus actos y control sobre sus reacciones en la convivencia con los demás. La ”gestión” del propio desarrollo y una toma de decisiones lo más consciente posible frente a dilemas y consecuentes decisiones es clave. Y la posibilidad de redirigir y re-encauzar nuestras trayectorias también siempre es posible, reconociendo lo que hemos aprendido, y cómo le damos nuevos propósitos al singular viaje de nuestras vidas, con todo éste conocimiento.

Importante mencionar que se pueden dar crisis y puntos de cambio/quiebres significativos en cada fase (generados por cambio de ciudad, cesantía, muertes, divorcios, crisis sociales, violencias, entre otras) que levantan factores de riesgos a resolver. También se constata la complementariedad temporal de crisis, por ejemplo, entre adolescentes/jóvenes  y sus padres adultos de edad mediana, entre  personas mayores y sus hijxs, puntos de tensión que ponen en el tapete las dinámicas vividas, los aciertos/desaciertos, las experiencias, los dolores experimentados,  asuntos pendientes, las personalidades de cada unx, que imprimen sus sellos a la vivencia y resolución parcial, completa o no de la(s) crisis.

Toda crisis que vivamos requeriría hubiera soportes de cuidados (familiares, en establecimientos de salud, de organizaciones comunitarias, de comunidades, institucionales, de políticas globales) minimizando los riesgos, las experiencias adversas y eliminando las violencias, potenciando los factores protectores,  para que el afrontamiento de esas crisis sean manejables y no crisis devastadoras, sobre todo las crisis no esperadas, que nos permitan crecer como seres humanos y con nuestros entornos, gozando de derechos y de bienestar integral.

Psicóloga Ana Cáceres Orellana.

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